Consecuencias de la formación de base

Un instante del partido dice mucho. Murray va ganando por un set y 2-1, y resta con 15-30. Tira una bola buenísima, y Rafa la alcanza increíblemente y la contesta al cuadro de saque. El escocés tiene una derecha cómoda y, atónito por el esfuerzo del español, la devuelve larga. Entonces se ofusca, pierde el juego y cede el siguiente con su servicio tras una doble falta y un remate largo. El encuentro cambia drástica y definitivamente.

Murray pasa de jugar brillante a desconcertarse ante un rival que lucha hasta la extenuación. Uno baja y el otro sube. Un indicador es el porcentaje decreciente de primeros servicios del escocés, en el que se reflejan los nervios. Todo esto remite a su educación. Pequeños detalles marcan un partido y no son fruto de la casualidad, sino de su formación de base.

Nadal creció con una educación espartana en las pistas, y aprendió a esforzarse, y el talento de Murray evolucionó sin ese grado de exigencia. Eso se traduce en un instante clave que cambia una semifinal de Wimbledon.

Esté como esté, Rafa lo da todo, mientras que Andy peca de irregularidad. La diferencia es mental. En la parte técnica vimos a un Nadal extraordinario en hierba. Jugó profundo, regular, con el revés mejor que nunca y apoyándose en porcentajes elevadísimos de primer saque.

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