Culpa de las superficies y de los entrenadores

Un poco de historia para buscar el origen de la desaparición del tenis de ataque. Antaño, tres de los cuatro grandes se celebraban en hierba. Los jugadores ofensivos o de saque-red tenían donde demostrar sus cualidades. El costosísimo mantenimiento hizo que el US Open y el Abierto de Australia apostasen después por superficies sintéticas.

Poco a poco se mermó también la velocidad de las pistas sintéticas. Y, para colmo, los retoques en las de Wimbledon las ralentizaron. Muchos detalles primaron al jugador de fondo. Antes, la gran escuela australiana de ataque, que Harry Hopman extendió por Estados Unidos, había permitido la coexistencia de distintos estilos, y todos tenían un escenario donde podían partir con ventaja, y otros donde adaptarse. Véase la riqueza de estilos todavía en el ránking de 1997: Sampras, Rafter, Chang, Bjorkman, Kafelnikov, Rusedski, Moyá, Bruguera, Muster…

Con la predominancia de pistas sintéticas, acabó la variedad. La volea se enseña poco porque los entrenadores suelen ser cortoplacistas, y los chavales cubren poca red. La consecuencia futura, no subirán como profesionales.

Wimbledon debería mantener su identidad como templo del juego ofensivo, y retomar las condiciones que animaban a apostar allí por el ataque. Eso también contribuiría a que se volvieran a ver tenistas más completos, con todos los recursos a su disposición.

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