Estímulos por encima de obsesiones

Todos en mayor o menor medida tuvimos dudas sobre la vigencia de Federer cuando empezó a perder partidos con regularidad. Creímos que bajaría su nivel, pero ha seguido rindiendo al máximo por simple amor al tenis, porque le encanta jugar. Cubierta su ambición con el récord de grand slams, ha encontrado siempre estímulos para prolongar su motivación. Antes fijó su gran reto en pelear por la medalla en los Juegos de Londres, pero ahora ya ve más allá.

El suizo no juega ni por fama ni por dinero, sino que mantiene la ilusión, y se nota en la pista. No ha caído en la obsesión por el número uno, un tema de gran atención mediática, pero en realidad secundario en la carrera de un tenista. No se ha empeñado en jugar toda la temporada, sino que ha sabido administrar su tiempo y sus prioridades. Su programación no puede ser la misma de Djokovic, porque ni quiere ni necesita ahora tantos títulos.

Así ha llegado a la final del Masters. Porque puede ganar en cualquier torneo sin partir como máximo favorito. Federer sigue en primera línea a los 30 años, sin sufrir el calvario de lesiones que arrastran semana tras semana jugadores más jóvenes. Porque juega fácil y lo hace todo bien. No ha variado su morfología en el gimnasio para golpear como un Sansón, sino que mantiene una figura estilizada. Encarna el tenista ideal -dejamos para otros el debate futuro sobre quién es el mejor de todos los tiempos-. La continuidad de Federer en primera línea resulta muy beneficiosa para el tenis.

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