Idea opinable, ejecución inapropiada

El cambio de la tradicional arcilla a la tierra azul en el torneo de Madrid ya venía precedido de polémica, con dos bandos diferenciados: unos enarbolando la bandera de la innovación y una mejora en la visión del juego por la televisión, y otros defendiendo el respeto a las tradiciones.

Personalmente, ya comenté que no era intransigente en este tema. El tenis ha ido evolucionando: varió el color de las bolas y de las pistas sintéticas con infinidad de tonalidades -incluso de la tierra en algunos países en el pasado-, instauró el tie-break y aplicó la tecnología del ojo de halcón, entre otros muchos cambios.

Pero por un lado está el tema del color de la tierra, para el que veíamos razonable el margen de confianza que pedía la organización, y por otro si su aplicación propicia un problema en las condiciones de juego. Ese es el principal hándicap denunciado por los jugadores durante la última semana. Un cambio de tinte no debe variar de forma sensible las características que le son propias a la tierra batida, ni debe provocar problemas de estabilidad en los jugadores, ya que pidieron hasta calzarse las zapatillas que usan habitualmente en tierra.

Ese fallo de previsión de la organización, que debió realizar todos los test necesarios para abordar el torneo con garantías, puede dejar tocado el experimento de la tierra azul.

De esta situación puede salir reforzado el consejo de jugadores de la ATP, para que su voz tenga más peso en el órgano rector de la entidad. La opinión de los tenistas en estos aspectos, por encima de la de los ejecutivos, contribuirá a evitar problemas como este en el futuro.

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